Durante décadas, la competitividad del sector vitivinícola se sustentó sobre tres pilares difíciles de cuestionar: el conocimiento acumulado por generaciones de viticultores, la singularidad del territorio y la calidad de la materia prima. Aunque estos factores continúan siendo esenciales, ya no son suficientes para responder a un entorno productivo y comercial mucho más exigente. El impacto del cambio climático, la presión sobre los recursos naturales, el incremento de los costes de producción, la evolución del consumo y la necesidad de mejorar la rentabilidad están acelerando una transformación que afecta a toda la cadena de valor.
