Lejos de provocar un shock inmediato en el suministro de materias primas agrícolas, el conflicto está afectando al sector principalmente a través de canales secundarios, con la energía como vector clave de transmisión. El estrecho de Ormuz, punto estratégico por el que transita cerca del 30% del comercio mundial de petróleo y el 20% del gas licuado, se ha convertido en el epicentro de estas tensiones. Aunque solo una pequeña parte del comercio global de materias primas agroalimentarias pasa por esta ruta, su relevancia energética amplifica el impacto sobre toda la cadena alimentaria, tal como explicaron los analistas de Areté Carlota de Pascuale, Commodity Market Analyst, y Filippo Roda, Senior Analyst, en un webinar organizado por la consultora.En este contexto, “los precios del petróleo y del gas natural licuado han registrado subidas del 40% y el 60%, respectivamente, en las semanas posteriores al inicio del conflicto”. Este encarecimiento se traslada directamente a los costes de producción agroindustrial, especialmente en sectores intensivos en energía como los productos de origen animal o las primeras transformaciones.Uno de los efectos más relevantes se observa en los fertilizantes, particularmente los nitrogenados, cuya producción depende en gran medida del gas natural. Dado que una parte significativa del comercio mundial de fertilizantes también atraviesa el estrecho de Ormuz, “el aumento de los costes energéticos está generando un encarecimiento en cascada que podría influir incluso en las decisiones de siembra de los agricultores europeos”, avanza Filippo Roda.Además, el encarecimiento de la energía está incentivando el uso de materias primas agrícolas para fines energéticos. Productos como el maíz, el azúcar o los aceites vegetales están ganando protagonismo en la producción de biocombustibles como el etanol o el biodiésel, lo que añade presión adicional sobre sus precios en los mercados internacionales. A estos factores se suman los mayores costes logísticos. “El transporte marítimo, fuertemente dependiente del precio del petróleo, está experimentando un aumento de costes, al que se añaden retrasos en rutas clave y un encarecimiento de los seguros. Todo ello impacta en unos mercados agroalimentarios altamente globalizados, donde producción y consumo suelen estar geográficamente distantes”, subraya el analista.Otro elemento clave es el efecto divisa. La incertidumbre generada por el conflicto ha fortalecido el dólar frente al euro, “reduciendo la capacidad de compra de Europa en los mercados internacionales, al tiempo que mejora la competitividad de sus exportaciones”. Este fenómeno introduce presiones alcistas tanto en materias primas importadas como en aquellas destinadas a la exportación.Pese a este entorno inflacionista, los mercados agroalimentarios están mostrando una notable resiliencia y, según Areté, la situación difiere sensiblemente de la vivida en 2022, en el inicio del conflicto ruso-ucraniano. Las subidas de precios en materias primas han sido moderadas en comparación con el encarecimiento energético. En el último mes, productos como el maíz (+5%), el trigo (+9%), el aceite de palma (+16%) o el azúcar (+7%) han registrado incrementos, pero lejos de los picos observados durante la guerra en Ucrania.La clave de esta moderación reside en una combinación de factores: una oferta global más sólida, una demanda desacelerada y niveles de existencias más elevados que en crisis anteriores. A diferencia de 2022, cuando el mercado partía de una situación de escasez, el sector llega a este nuevo episodio con mayor capacidad de absorción de shocks.En el caso del maíz, por ejemplo, el aumento de la producción en Estados Unidos y la recuperación de existencias han contribuido a contener los precios. Situaciones similares se observan en el trigo o el aceite de palma, donde las buenas cosechas en las principales regiones exportadoras han generado un colchón frente a las tensiones externas.No obstante, el comportamiento de las materias primas es heterogéneo. Algunos mercados, como el café o las avellanas, han mostrado incluso tendencias deflacionistas, impulsadas por factores propios de oferta y demanda que han neutralizado los efectos indirectos del conflicto.El cacao es una de las materias primas que, tras dos años de fuertes subidas, venía de una fase particularmente deflacionista, ligada sobre todo a la contracción de la demanda, al aumento de la oferta, “llegando a un superávit que en Areté proyectamos para esta campaña por encima de las 250.000 toneladas. Son datos que han limitado un posible efecto derivado de la guerra en el Golfo”, como por ejemplo el encarecimiento de la logística y el transporte (el cacao es una materia prima que viaja entre áreas de consumo y de exportación particularmente distantes). De hecho, “los precios se han mantenido entre febrero y marzo sustancialmente estables”. Una pequeña recuperación respecto a los mínimos alcanzados a finales de febrero, pero “no supone una gran inversión de tendencia, sino más bien una desaceleración de la tendencia deflacionista que se venía observando, un aplanamiento de las cotizaciones en un nivel de precios similar al que veíamos en 2023. Es claramente un mercado que ha alcanzado techo”.En cambio, el café continúa en niveles elevados pese a las previsiones de una cosecha récord en Brasil, debido a unas existencias aún limitadas tras años de perturbaciones productivas.En el segmento de productos de origen animal, las dinámicas son igualmente dispares. Los huevos mantienen una tendencia inflacionista, impulsada principalmente por la crisis de gripe aviar en Europa, mientras que la leche ha vivido una fuerte corrección de precios en los últimos meses, seguida de un repunte en sus derivados como la mantequilla o la leche en polvo. En este último caso, el conflicto en Irán tiene un impacto limitado, siendo más relevantes los desequilibrios entre oferta y demanda y el efecto del tipo de cambio en la competitividad de las exportaciones europeas.El mercado de frutos secos presenta un panorama especialmente complejo. Productos como las almendras o las nueces podrían verse afectados por una caída de la demanda en Oriente Medio (aproximadamente el 8% de las almendras exportadas por EEUU, con diferencia el primer productor y exportador, va a los países de Oriente Medio, y el 11% de las nueces estadounidenses también tienen este origen), lo que incrementaría las existencias en Estados Unidos y generaría presiones bajistas sobre los precios.Sin embargo, el pistacho se perfila como una de las materias primas más expuestas. “Irán es uno de los principales exportadores mundiales y ya venía de una campaña débil. La combinación de una oferta limitada y una demanda creciente podría provocar nuevas subidas de precios, especialmente si el conflicto afecta a las exportaciones iraníes”, explica Filippo Roda. En contraste, otros productos como la uva pasa o las avellanas cuentan con una oferta diversificada que permite compensar posibles disrupciones, limitando así el impacto en los mercados europeos.Más allá de las materias primas agrícolas, el informe de Areté destaca el fuerte impacto sobre los materiales de packaging, especialmente aquellos intensivos en energía como el aluminio y el plástico.En analista destaca que “Europa depende en gran medida de las importaciones de aluminio procedentes del Golfo, una región que representa cerca del 8% de la producción mundial. Los daños en infraestructuras productivas y las dificultades logísticas han impulsado los precios, que han subido un 15% desde el inicio del conflicto y un 60% en el último año.El plástico también enfrenta tensiones, debido al papel clave de países como Arabia Saudí e Irán en la exportación de materias primas petroquímicas. El encarecimiento de estos materiales podría trasladarse rápidamente a los costes de producción en la industria alimentaria.Ante este escenario, Areté recomienda a los operadores de la cadena alimentaria adoptar estrategias basadas en el análisis y la gestión del riesgo. El uso de instrumentos financieros como futuros y opciones puede ayudar a fijar precios en un entorno altamente volátil, evitando decisiones impulsivas motivadas por el pánico.Asimismo, la diversificación de proveedores y el fortalecimiento de las relaciones comerciales se perfilan como herramientas clave para garantizar el suministro y mejorar la capacidad de adaptación ante posibles disrupciones.
