La hemorragia digestiva alta (HDA) es una urgencia frecuente y potencialmente letal que requiere de reanimación inicial, estratificación de riesgo, hemostasia endoscópica y escalonamiento temprano cuando la hemostasia falla. La incidencia se estima en 50-150 casos por 100 000 habitantes, con una tendencia global a la baja atribuida a estrategias de gastroprotección y a la erradicación de Helicobacterpylori. Sin embargo, la carga asistencial se mantiene considerable debido al envejecimiento y a la mayor exposición a fármacos antitrombóticos/antiinflamatorios, mientras que la mortalidad continúa siendo clínicamente relevante (7–13%).
En términos de etiología, 80–90% de los episodios corresponden a causas no variceal, con predominio de úlcera péptica (40–55%). La HDA variceal, aunque minoritaria, suele ser más grave por hipertensión portal; con mortalidad de alrededor de 7–15%, y supera el 15% a seis semanas en pacientes con cirrosis descompensada (Child-Pugh B–C o MELD ≥15), donde la disfunción hepática subyacente determina el pronóstico más que el sangrado en sí.
La endoscopia es el eje diagnóstico-terapéutico en HDA no variceal y, tras reanimación adecuada, debe realizarse idealmente dentro de 24 horas. El manejo moderno privilegia enfoques que minimizan el resangrado y reconoce el rol de rescate/puente con tecnologías como over-the-scope-clip y agentes tópicos cuando el control estándar fracasa o no es aplicable. En hemorragia variceal, se recomienda iniciar precozmente fármacos vasoactivos y antibióticos, realizar endoscopia urgente (≤12h) tras reanimación y usar ligadura con bandas o adhesivos según el subtipo; cuando falla, se consideran terapias puente (balón o stent) y TIPS, incluyendo TIPS temprano en alto riesgo según criterios como Baveno VII.
